3 Oct 2009

LA ENTREVISTA


Todo me hacia presagiar que aquel día iba a ser un tanto especial. No me levanté de la cama ni con el pie derecho, ni con el izquierdo, directamente me caí de ella en el momento que sonaron a la vez: Los dos despertadores que tenía a cada lado de la cama, el teléfono móvil con la alarma, la emisora de radio programada en la cadena y el teléfono fijo con la función despertador de telefónica. Allí, desde el frío suelo, permanecí unos instantes pensando, un tanto desconcertada claro, que apagar primero.

Empecé por los despertadores, después descolgué rápidamente el auricular del teléfono fijo y volví a colgar, segundos después al móvil -reconozco que me costó un poco apagarlo, ya que mi visión no estaba en su mejor momento-, y después, a gatas, me dirigí hacia la cadena musical y pulsé el botón “off”. Permanecí sentada en el suelo, un tanto jadeante, como si hubiese terminado de correr una maratón. Momentos después me encaminé hacia la ducha. ¡Que agradable sentir el agua caliente sobre tu espalda mientras te enjabonas! ¿Verdad?. La pena fue, que ese placer duró poco, fue lo más parecido a un “coitus interruptus”, como si me hubiesen echado un jarro de agua fría, y nunca mejor dicho. Fría no,¡helada!, empecé a soplar convulsivamente mientras me quitaba el gel y champú de encima, y pensé, que lo mejor en ese momento, sería recordar algo que me motivase, que me hiciese entrar en calor, dicen, que si te sugestionas , lo consigues. Lo que nadie ha dicho nunca es cuanto tiempo tardas en creértelo. Pensé en el horno, en las playas del caribe, en una noche loca con un semental, y hasta empecé a tararear: “Cuando calienta el sol aquí en la playaaaaa…”. Decididamente mi poder de sugestión brillaba por su ausencia, no lo conseguí. Una vez que me vi libre de espuma por todas partes cerré los grifos rápidamente, salí y me puse mi albornoz y zapatillas. 
Me dirigí a la cocina, un cafetito caliente iba a venirme ¡de miedo! después de haberme sentido cuál solomillo en el refrigerador. Lo más rápido -dado que iba con prisa-, era calentarme el agua en el microondas. De micro no se lo que quedaría, pero de ondas, ni una, se fueron de viaje, aquello no iba. De manera que decidí calentarme el agua en la vitrocerámica, probé a poner la mano encima para ver si calentaba, pero no, aquello no se encendía, ni sentía calor en mi mano.
Con gran mosqueo, me dirigí hacia mi habitación para vestirme, mientras pensé que lo mejor sería desayunar en el bar de la esquina, si no estaba cerrado, claro. ¿Vestirme?, he dicho ¿vestirme? y….. ¡Que me pongo! Tengo una entrevista de trabajo, y no se como ir vestida. Después de probarme varios modelitos y mirarme una y otra vez en el espejo de cuerpo, decidí por lo más práctico, traje negro y camisa blanca, después me probé varios pendientes, hasta dar con los que mejor me iban con ese traje. De repente…husmeé, ¿que era ese olor?, fui hacia la cocina, de allí provenía ese olor a chamusquina… ¡joder!… ¡humo!, ¡salía humo del horno!, pero, ¿a que botón he dado yo? -pensé-. Hacía tiempo que no usaba la vitrocerámica, bueno, en realidad, desde que la compré no la había usado nada más que una vez, probandola con el repartidor, y sinceramente ¡como estaba tan bueno ese señor!, poco caso hice a sus explicaciones. Al final di con el “quid” de la cuestión, puse el cazo a calentar, y al darme la vuelta para prepararme una tostada, observé un cable por detrás del tostador, lo seguí ,deslizando mis dedos por el mismo, hasta llegar al extremo…. ¡Caspita!¡el enchufe del micro!. Con el cable en la mano, miré la vitroceramica, el cazo y…el microondas, preferí no darle más vueltas, lo importante era mi entrevista de trabajo, y el tiempo era ¡Fly!, pasaba volando. Finalmente pude tomarme el café.

Corriendo y mirando mi reloj de pulsera, fui al baño de nuevo, me cepillé los dientes, me peiné y…al ver mi rostro reflejado en el espejo, lo vi ajado, pálido, inexpresivo. Mejor me maquillaba un poco antes de salir. Bien, una vez lista, me aseguré de llevar todo dentro del bolso: carné, llaves, móvil…. Ya decidida, me encaminé hacia la puerta de salida. Aunque vivía en una quinta planta, no me fiaba mucho de que el ascensor fuese a funcionar como debía en esa mañana, tan especial. De manera que empecé a bajar escalones. Cuando llegué al portal, me detuve, y consulté de nuevo mi reloj…
Hice mis cálculos de lo que podía tardar el autobús en llegar a la parada, y en llegar a mi destino… ¡prueba superada! ¡El simulacro había finalizado!, para mañana (día de la entrevista) ya estaban salvados todos los obstáculos.
Keing

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