No podía entrar sin ser invitado. Tampoco podía permanecer más tiempo del debido en aquel lugar. La urbanización había sufrido un corte eléctrico a causa de la fuerte tormenta. Eso me favorecía, la oscuridad era mi mayor y mejor aliada.
A través de la cortina de agua que resbalaba por mi sombrero miraba atentamente su ventana. Estaba abierta. Los visillos blancos relucían en aquella noche cerrada, cómplices del viento en una danza muy peculiar, me daban la esperanza de poder ver la figura de mi amada, allí parada, mirándome embelesada, casi hipnotizada por mi presencia.
Llevo siglos esperando ese momento. Nunca he podido llegar a Ella. Tendrá que ser ella quien venga a mí. Tendrá que invitarme. Estoy seguro de que lo hará y entonces, nada ni nadie podrá separarnos. Tendré que convertirla, no deseo verla envejecer, deseo que se conserve así de joven y bella toda la eternidad, junto a mí.
Alguien se acerca a la ventana. Observo detenidamente. No, no es Ella. ¿Quién….?
En ese momento la puerta principal se abre. Un grupo de gente sale del interior de la casa. Escucho sollozos, lamentos. Cuatro hombres sacan un ataúd. Me escondo tras los árboles que rodean la casa. Un coche negro se acerca a la entrada. Introducen el ataúd en el mismo. Recorro con la mirada cada uno de los seres que allí se encuentran. Ella no está entre ellos. El pánico empieza a apoderarse de mi inhumano cuerpo.
Al poco tiempo todos se van alejando de allí. Se dónde se dirigen, me adelanto a ellos. Me envuelvo en mi capa y en pocos segundos me encuentro en el cementerio. Sigo esperando, escondido tras una de las tumbas. No quiero ser visto, no debo ser visto si no es por Ella.
Cuando todos se han marchado me acerco a la tumba donde antes se encontraba el grupo. Con muy poco esfuerzo retiro la pesada losa. Abro la caja de pino negra. Ella…..
Lanzo un alarido desesperado al aire. Después la tomo entre mis brazos, observo su rostro pálido y frío como el hielo. Demasiado tarde, ya no puedo hacer nada por convertirla en una inmortal, en mi compañera. Se que pronto amanecerá, pero eso tampoco me asegura que vayamos a estar en el mismo lugar. Deslizo mis dedos por su suave cuello, entonces veo algo que me es familiar. Dos marcas redondas y profundas. La furia empieza a apoderarse de mí. Si ha sido mordida por otro de mi especie entonces me rechazará, intentará atacarme, solo pertenece a ese que ha acabado con su vida.
He de pensar, pensar, pensar…..
Pronto amanecerá. Es la única solución. Ambos sentados en el suelo, yo detrás de ella la rodeo con mis brazos con fuerza, mientras espero ver salir el Sol. Sí, esa es la única forma. Es el primer amanecer que veremos los dos desde que dejamos de ser humanos. Y también será el último. Sé que juego con ventaja. Soy conocedor de lo que va a ocurrir, en cambio, Ella, se encuentra confundida, ni siquiera sabe quién soy yo, ni qué hace allí.
Ella abre los ojos e intenta zafarse de mis brazos. El Sol empieza a asomar entre los árboles. Sentimos su intensa luz que empieza a cegarnos, sus rayos cada vez son más potentes y destructivos, sin embargo, una larga secuencias de imágenes muy agradables vuelven a mi mente, entonces era feliz. Curiosamente, ahora también lo soy. Desvío mi mirada hacia los ojos de Ella, mi último suspiro será sobre sus fríos y morados labios. Dos alaridos suenan al unísono…
Silencio.
A través de la cortina de agua que resbalaba por mi sombrero miraba atentamente su ventana. Estaba abierta. Los visillos blancos relucían en aquella noche cerrada, cómplices del viento en una danza muy peculiar, me daban la esperanza de poder ver la figura de mi amada, allí parada, mirándome embelesada, casi hipnotizada por mi presencia.
Llevo siglos esperando ese momento. Nunca he podido llegar a Ella. Tendrá que ser ella quien venga a mí. Tendrá que invitarme. Estoy seguro de que lo hará y entonces, nada ni nadie podrá separarnos. Tendré que convertirla, no deseo verla envejecer, deseo que se conserve así de joven y bella toda la eternidad, junto a mí.
Alguien se acerca a la ventana. Observo detenidamente. No, no es Ella. ¿Quién….?
En ese momento la puerta principal se abre. Un grupo de gente sale del interior de la casa. Escucho sollozos, lamentos. Cuatro hombres sacan un ataúd. Me escondo tras los árboles que rodean la casa. Un coche negro se acerca a la entrada. Introducen el ataúd en el mismo. Recorro con la mirada cada uno de los seres que allí se encuentran. Ella no está entre ellos. El pánico empieza a apoderarse de mi inhumano cuerpo.
Al poco tiempo todos se van alejando de allí. Se dónde se dirigen, me adelanto a ellos. Me envuelvo en mi capa y en pocos segundos me encuentro en el cementerio. Sigo esperando, escondido tras una de las tumbas. No quiero ser visto, no debo ser visto si no es por Ella.
Cuando todos se han marchado me acerco a la tumba donde antes se encontraba el grupo. Con muy poco esfuerzo retiro la pesada losa. Abro la caja de pino negra. Ella…..
Lanzo un alarido desesperado al aire. Después la tomo entre mis brazos, observo su rostro pálido y frío como el hielo. Demasiado tarde, ya no puedo hacer nada por convertirla en una inmortal, en mi compañera. Se que pronto amanecerá, pero eso tampoco me asegura que vayamos a estar en el mismo lugar. Deslizo mis dedos por su suave cuello, entonces veo algo que me es familiar. Dos marcas redondas y profundas. La furia empieza a apoderarse de mí. Si ha sido mordida por otro de mi especie entonces me rechazará, intentará atacarme, solo pertenece a ese que ha acabado con su vida.
He de pensar, pensar, pensar…..
Pronto amanecerá. Es la única solución. Ambos sentados en el suelo, yo detrás de ella la rodeo con mis brazos con fuerza, mientras espero ver salir el Sol. Sí, esa es la única forma. Es el primer amanecer que veremos los dos desde que dejamos de ser humanos. Y también será el último. Sé que juego con ventaja. Soy conocedor de lo que va a ocurrir, en cambio, Ella, se encuentra confundida, ni siquiera sabe quién soy yo, ni qué hace allí.
Ella abre los ojos e intenta zafarse de mis brazos. El Sol empieza a asomar entre los árboles. Sentimos su intensa luz que empieza a cegarnos, sus rayos cada vez son más potentes y destructivos, sin embargo, una larga secuencias de imágenes muy agradables vuelven a mi mente, entonces era feliz. Curiosamente, ahora también lo soy. Desvío mi mirada hacia los ojos de Ella, mi último suspiro será sobre sus fríos y morados labios. Dos alaridos suenan al unísono…
Silencio.
Keing

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